Tomar decisiones en la vida: elegir con claridad, coherencia y sentido
Rocío Trillo
(Psicólog@)
20 enero, 2026
Muchos de los procesos de coaching que acompañamos desde la aplicación práctica de la psicología positiva y las fortalezas tienen que ver con la toma de decisiones. ¿Qué camino elegir? ¿Me quedo o me voy? ¿Quién quiero ser en la próxima etapa de mi vida?
Las preguntas que implican una toma de decisión son tan amplias que puede resultar intimidante la idea de acompañar a alguien en su toma de decisión.
Conocer algunas de las premisas básicas de la toma de decisión nos ayuda a mantener la calma y recordar que cada decisión, es un pasito más de un camino vital que se descubre caminando.
Decidir no siempre es tan racional como creemos
A lo largo de la vida tomamos decisiones constantemente. Algunas son pequeñas y casi automáticas; otras, en cambio, parecen tan grandes que nos paralizan. En esos momentos importantes, muchas personas sienten confusión, miedo a equivocarse o una presión interna difícil de explicar.
Desde la psicología sabemos que decidir no es solo un acto racional. Intervienen emociones, creencias, experiencias pasadas y la forma en que nos interpretamos a nosotros mismos. Por eso, aprender a tomar decisiones no consiste únicamente en “pensar mejor”, sino en escucharnos con mayor profundidad.
Qué dice la psicología sobre la toma de decisiones
La psicología ha mostrado que las personas no decidimos de forma puramente lógica. Utilizamos atajos mentales —los llamados sesgos cognitivos— que a veces nos ayudan, pero otras nos limitan.
El miedo al error, la aversión a la pérdida o la necesidad de aprobación externa pueden llevarnos a posponer decisiones o elegir desde la inseguridad, incluso cuando sabemos qué nos haría bien.
Por otro lado, las emociones juegan un papel central. No decidimos igual desde la calma que desde el miedo, ni desde la confianza que desde la duda.
Lejos de ser un obstáculo, las emociones son información valiosa: nos indican qué es importante para nosotros, qué valor está en juego y qué necesitamos cuidar. Es más, las personas que intentan tomar decisiones desde un puro análisis racional son las que más se bloquean. Decidir requiere estar en contacto con nuestro mundo emocional.
Nos ayudará en la reflexión final: “Ahora que he analizado todas las opciones, ¿con cuál me siento más en coherencia?”.
Decidir es también una cuestión de identidad
Muchas decisiones se vuelven difíciles porque no están conectadas con quiénes somos realmente o quién queremos ser. Cuando una persona no tiene claro qué valora, qué le da sentido o cuáles son sus cualidades más auténticas, las opciones se perciben como amenazas en lugar de oportunidades.
Desde el coaching psicológico entendemos la toma de decisiones como un proceso de alineación interna. No se trata solo de elegir la opción “correcta”, sino la opción coherente con la propia identidad, valores y fortalezas.

Preguntas como:
- ¿Qué decisión me permitiría ser más yo?
- ¿Qué necesito recordar para sentirme preparada para lo que está por venir?
suelen abrir más claridad que una larga lista de pros y contras.
El papel de las fortalezas en la toma de decisiones
El coaching de fortalezas aporta una mirada especialmente útil en los momentos de elección. Cuando una persona conoce y comprende sus fortalezas, dispone de un lenguaje más rico para entenderse y actuar con confianza.
Las fortalezas actúan como una brújula interna. Por ejemplo, una persona con una fortaleza marcada de curiosidad y crecimiento puede sentirse viva ante decisiones que implican un aprendizaje nuevo, aunque generen incertidumbre.
Alguien con una fuerte orientación al cuidado de los demás, con fortalezas como el universalismo o el legado puede experimentar conflicto si una decisión parece ir en contra de ese valor profundo. En este caso, el proceso de coaching ayuda a gestionar los dilemas y centrarse en las prioridades del momento vital.
Decidir desde las fortalezas no garantiza ausencia de miedo, pero sí mayor sensación de sentido y congruencia.
Superar el sesgo negativo al decidir
Uno de los grandes bloqueos en la toma de decisiones es el sesgo negativo: la tendencia a anticipar lo que puede salir mal, a centrarse en los riesgos y a subestimar los propios recursos.
Este sesgo se intensifica cuando la persona se define a sí misma desde la inseguridad o la autocrítica. El coaching de fortalezas ayuda a contrarrestar este patrón al reconocer y desarrollar las fortalezas personales y así activar una narrativa interna más equilibrada.
Cuando la persona recuerda situaciones pasadas en las que ha afrontado retos con éxito y pone nombre a los recursos internos presentes, se activan emociones más positivas como la confianza, la esperanza o la serenidad.
Desde ese estado emocional, las decisiones dejan de vivirse como amenazas y se perciben como elecciones conscientes que la persona está plenamente preparada a afrontar.
Decidir no es eliminar la duda, es aprender a convivir con ella
Una idea clave desde la psicología es que no existe la decisión perfecta. Esperar certeza absoluta suele conducir a la parálisis. Decidir implica siempre asumir un margen de incertidumbre. La diferencia está en desde dónde se toma la decisión.
Cuando una elección nace del miedo, suele generar rigidez y arrepentimiento. Cuando nace de la coherencia interna y del reconocimiento de las propias fortalezas, incluso si el resultado no es el esperado, la persona suele experimentar aprendizaje y crecimiento.
En este sentido, decidir bien no es acertar siempre, sino elegir de forma alineada con lo que somos y valoramos y vivir plenamente las situaciones que creamos con las decisiones que tomamos.
El coaching como espacio de claridad
El coaching psicológico ofrece un espacio seguro para explorar decisiones importantes sin prisa ni juicio. A través de preguntas reflexivas, ayuda a la persona a:
- clarificar qué quiere construir,
- identificar emociones y creencias que influyen en la elección,
- reconocer fortalezas disponibles para afrontar las consecuencias,
- diseñar acciones coherentes con su propósito.
No decide por la persona, sino que la acompaña a recuperar su capacidad de elección consciente.
Elegir también es un acto de responsabilidad personal
Tomar decisiones implica asumir responsabilidad. No siempre sobre el resultado, pero sí sobre el proceso. Elegir desde la conciencia, las fortalezas y los valores personales fortalece la sensación de “agencia”: la percepción de que somos protagonistas de nuestra vida, no meros reactores de las circunstancias.
En última instancia, cada decisión importante es una oportunidad para preguntarnos:
¿Qué versión de mí quiero seguir construyendo a partir de ahora?
Cuando esa pregunta guía el proceso, decidir deja de ser una carga y se convierte en un acto de crecimiento consciente.
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